viernes, 13 de abril de 2018

Pascua de Resurrección, desde la mirada de un pecador que estaba muerto y ha vuelto a la vida, por la Misericordia del Padre



 “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” Lucas 24,5.
En la fiesta de la Pascua de Resurrección celebramos la vida. Jesucristo con sus enseñanzas, Muerte y Resurrección nos muestra el camino para alcanzar una vida plena y fecunda, fundada sobre todo en el Amor y Obediencia al Padre.  Pero ¿qué significa esto? 
Pablo en sus escritos nos escribe que fuimos “llamados para vivir en libertad” y  ser “servidores los unos de los otros, por medio del amor.” (Gálatas 5,13). A vivir los frutos del espíritu de Dios: el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, el dominio de sí. Evitando lo que nos hace daño: el odio, las divisiones, la envidia, la ambición desmedida. La auto referencia que nos aísla y nos impide percibir las necesidades de los otros, su alteridad y dignidad.
En el evangelio de Marcos, Jesús dice: “Vosotros sabéis que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre nosotros no debe suceder así” (Marcos 10,42-43). Nos muestra otro tipo de liderazgo cuando dice que “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10,45). Este servicio es un camino fundamental para la perfección. Lo podemos llevar a cabo con pequeños detalles ya sea con el hermano desde nuestras carencias o las suyas. Esto siempre sin esperar más recompensa que saber que Dios ve en lo escondido. 
En Pascua recordamos cómo el Pueblo de Israel pasó de la esclavitud a la libertad, saliendo de Egipto hasta llegar a la Tierra Prometida. Así también estamos llamados a la libertad plena que nos otorga una vida transparente ante Dios, teniendo en cuenta que esto no siempre es lo mismo ante el mundo que no mira con los ojos de Dios. También celebramos el paso de Jesús de la muerte a la resurrección. Podemos preguntarnos: ¿qué significa esto para cada uno de nosotros? ¿Cómo podemos aplicarlo en nuestra vida personal y comunitaria? ¿Qué actitudes y hábitos nuestros “matan” y cuáles dan vida?
Hoy  vivimos con gran incertidumbre y desasosiego. Peleamos contra estructuras “de muerte”, como la escasa justicia, las mentiras y el engaño. Buscamos una vida que nos plenifique y que nos permita ser verdaderamente luz que refleje, aunque tenuemente a la Luz de luz.
Esta lucha entre la muerte y la vida comienza en el corazón de cada uno. Todos tenemos la libertad para elegir y decidir qué actitud vamos a tomar ante las circunstancias que se nos presentan. Algunos abren nuevos caminos y buscan otras opciones. Construyen con un espíritu magnánimo, dejando de lado las mezquindades, los malos entendidos. Elegimos el perdón y la reconciliación. Debemos aprender de Aquel que es Manso y Humilde.
En este tiempo Pascual podemos preguntarnos qué camino vamos a elegir, qué actitud vamos a tomar. Este año, una vez más, se nos ofrece la oportunidad de elevarnos por encima de nuestras pequeñeces para elegir una vida más plena y fecunda en Jesucristo.


Jorge Alberto Salinas Ojeda, Seminarista de 5º Curso


viernes, 23 de febrero de 2018

Decimos… “Palabra de Dios”


Desde el primer momento que comencé a estudiar teología, me di cuenta que todas las asignaturas, sin distinción, tienen algo en común. No me refiero a que todas traten de aspectos relacionados entre sí, lo cual es siempre una ventaja; porque lo que aprendes en una asignatura sirve para poder comprender otras. Me refiero a que lo común a todas es la Palabra de Dios.
No hay nada en la Iglesia que no tenga a la Palabra de Dios como base. Esta Palabra ilumina a la iglesia y todo lo que Iglesia hace y dice se fundamenta en esta Palabra.
Tanto es así que la constitución dogmática DEI VERBUM  en el número 21 dice: ...el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".
Pero claro surge enseguida el tema de cómo hay que leerla. ¿Cómo cualquier otro libro? Mucha gente con la que me encuentro me dice: “pues la biblia dice tal cosa…” o “Jesús dijo esto otro…”  o  “la biblia no dice nada de eso…” o la eterna frase “la biblia dice una cosa y la ciencia otra…”. No se debe usar la biblia como si fuera un libro de ciencias empíricas para dar respuesta a todo. He de admitir que estoy totalmente de acuerdo con esta última frase, si no se tienen en cuenta algunas consideraciones. Y me explico; La palabra de Dios es algo tan grande que sirve para dar una respuesta a todas las situaciones del hombre, pero, hay que saber interpretarla, leerla, actualizarla; si se tiene en cuenta estas tres premisas si son compatibles. De la misma manera que actualizamos por ejemplo los refranes. Gran cosa ésta de los refranes. De la misma manera que en la vida cotidiana usamos refranes por ejemplo taurinos, y no somos toreros, o del tiempo y no somos meteorólogos…  y sabemos lo que quieren decir. Hay que tener en cuenta que todo texto, fuera de contexto puede servir para cualquier pretexto.
La clave para  entender correctamente la Palabra de Dios la da el Catecismo de la Iglesia en los números del 115 al 118.  Y además, el compendio lo explica muy bien. Ante la pregunta ¿Cómo se debe leer la Sagrada Escritura? Responde: La Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, según tres criterios: 1) atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; 2) lectura de la Escritura en la Tradición viva de la Iglesia; 3) respeto de la analogía de la fe, es decir, de la cohesión entre las verdades de la fe. Y aquí entro yo.
Todos los seminaristas nos estamos formando para poder conocer la Palabra de Dios. Conocer su sentido a la luz de estos tres criterios. ¿Que es lo que Dios nos quiere decir a todos los cristianos hoy?. Los primeros que tienen que conocer la Palabra de Dios somos nosotros, los encargados de transmitirla, para luego poder ofrecerla con total integridad: y así poder ayudar a los hermanos en su comprensión. La Escritura es el alma de la teología.
Desde aquí animo a todos a conocer la Palabra de Dios, pues como dijo san Jerónimo “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”, que es la Palabra definitiva del Padre.

Jose Antonio Castilla Rodriguez
Seminarista de 4º curso.

La Vocación Sacerdotal: Actualidad de la llamada de Dios

Hablar de Vocación en la actualidad es algo difícil, pero si además le añadimos el apellido Eclesial pasa a ser imposible dentro de la visión social. Pero Dios sigue llamando, su amor por el hombre no es objeto de modas, sigue estando dispuesto a llamar a cada uno por su nombre y enviarnos a anunciarle según su voluntad. Las vocaciones eclesiales son una manifestación de la inconmensurable riqueza que Cristo sigue ofreciendo y, por tanto, deben ser valoradas y cultivadas con toda solicitud pastoral, para que puedan florecer y madurar. Entre las diversas vocaciones, suscitadas incesantemente por el Espíritu Santo en el Pueblo de Dios, la llamada al Sacerdocio ministerial convoca «a participar en el Sacerdocio de Cristo» y a unirse a Él para «ser los pastores de la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios». En una ocasión Benedicto XVI señaló a los jóvenes que, al seguir a Jesús, “serán felices de servir, serán testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, serán llamas vivas de un amor infinito y eterno, y aprenderán a dar razón de su esperanza”.  Para responder a la invitación del Señor, a la llamada que Jesús repite: “Ven y sígueme”, es necesario dejar de elegir por sí mismo el propio camino, pues seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús, al ponerlo en primer lugar frente a lo que forma parte de nuestra vida, como la familia, el trabajo, intereses personales y nosotros mismos.
La vocación al Sacerdocio ministerial se inserta en el ámbito más amplio de la vocación cristiana bautismal de la que todos participamos, mediante la cual el Pueblo de Dios, constituido por Cristo a través de «una comunión de vida, de amor y de unidad, es asumido también como instrumento de redención universal y enviado a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra». La llamada es actual porque se nos llama a ser Sacerdotes de este momento, del siglo XXI, pero Sacerdotes para predicando a Cristo en toda su verdad y plenitud.
Sera misión de todos los Cristianos cuidar el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones, en especial de las vocaciones al sacerdocio. Escuchemos la voz de Cristo, que invita a todos “a rogar al Dueño de la mies que mande operarios a su mies” (Mt 9, 38; Lc 10, 2), con particular atención a las vocaciones a la vida consagrada y al Sacerdocio, que en la actualidad no pasan por su mejor momento.
Es necesario sostener las iniciativas que permiten acoger el don divino de nuevas vocaciones en nuestras Parroquias, Hermandades o en las propias familias: sobre todo con la oración personal y comunitaria, siguiendo en la certeza de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo. Algunos momentos del año litúrgico favorecen este fin, por ello se estableció la celebración anual de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones en el IV Domingo de Pascua, llamado del Buen Pastor. Todos los que nos sentimos llamados a participar del Sacerdocio de Cristo tenemos que sentirnos identificados con la figura humilde y a la vez portentosa del Buen Pastor, Él está dispuesto a buscar la oveja que se perdió. Cuantas veces a lo largo de nuestra futura vida Sacerdotal tendremos que hacer esto, en la actualidad tenemos la peculiaridad de tener una oveja dentro de la Iglesia y el resto fuera. Es sin duda un verdadero compromiso.
Con generosidad y espíritu eclesial, tenemos que estar abiertos y promover no sólo las vocaciones para el servicio de la propia Diócesis o de la propia nación, sino también a favor de otras Iglesias particulares, según las necesidades de la Iglesia universal, secundando la acción de Dios, que llama libremente a algunos al Sacerdocio ministerial en una Iglesia particular, a otros a ejercer el ministerio en un Instituto de vida consagrada o en una Sociedad de vida apostólica, y a otros en la Missio ad gentes. Es una riqueza que siendo todos llamados al Sacerdocio, luego es el Señor quien nos ira llevando por los que caminos que nos tenga preparados. El concilio Vaticano propuso a los Sacerdotes que busquen en María Santísima el modelo perfecto de su propia existencia, invocándola como “Madre del Sumo y Eterno Sacerdote” invitando además a los Presbíteros “a venerarla y amarla con devoción y culto filial”. Bajo el manto de la Madre de Misericordia están la vida y la acción de los Sacerdotes, y de los Seminaristas que nos preparamos para un día llegar a serlo. A ella también rogamos por las Vocaciones al Sacerdocio, para que interceda ante su hijo y siga bendiciéndonos con numerosas y santas vocaciones al servicio de nuestra Iglesia de Huelva y de la Iglesia Universal.

José Manuel Romero Martín.
Seminarista del Seminario Diocesano de Huelva.

lunes, 25 de diciembre de 2017

                               
TIEMPO DE ADVIENTO, TIEMPO DE ESPERANZA

                                                                                                                                                                                                                       
- El tiempo litúrgico del Adviento nos invita a fortalecer nuestra esperanza cristiana, fundamentada en la venida del Hijo de Dios, hecho hombre, al mundo para nuestra salvación, y a recorrer el camino a lo esencial de nosotros mismos, desde lo que hemos de configurar los valores que dan sentido a nuestra vida. Somos conscientes de que navegamos a veces atravesando la espesa niebla de la angustia en el mar de nuestra existencia.

- La palabra latina "adventus" significa “venida”. En el lenguaje cristiano se refiere a la venida de Jesucristo. La liturgia de la Iglesia da el nombre de Adviento a las 4 semanas que preceden a la Navidad, como una oportunidad para prepararnos en la esperanza y en el arrepentimiento para la llegada del Señor. El tiempo de Adviento es un período privilegiado para los cristianos ya que nos invita a recordar el pasado, nos impulsa a vivir el presente y a preparar el futuro. El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa penitencia. El Adviento es el comienzo del Año Litúrgico, que empieza el domingo más próximo al 30 de noviembre y termina el 24 de diciembre. Son los 4 domingos anteriores a la Navidad y forma una unidad con la Navidad y la Epifanía.

- Esta es su triple finalidad:
       + Recordar el pasado: Celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén. El Señor ya vino y nació en Belén. Esta fue su venida en la carne, lleno de humildad y pobreza. Vino como uno de nosotros, hombre entre los hombres. Esta fue su primera venida.

       + Vivir el presente: Se trata de vivir en el presente de nuestra vida diaria la "presencia de Jesucristo" en nosotros y, por nosotros, en el mundo. Vivir siempre vigilantes, caminando por los caminos del Señor, en la justicia y en el amor.
       + Preparar el futuro: Se trata de prepararnos para la Parusía o segunda venida de Jesucristo en la "majestad de su gloria". Entonces vendrá como Señor y como Juez de todas las naciones, y premiará con el Cielo a los que han creído en Él, vivido como hijos fieles del Padre y hermanos buenos de los demás. Esperamos su venida gloriosa que nos traerá la salvación y la vida eterna sin sufrimientos.

- En los Evangelios, varias veces nos habla Jesucristo de la Parusía y nos dice que nadie sabe el día ni la hora en la que sucederá. Por esta razón, la Iglesia nos invita en el Adviento a prepararnos para este momento a través de la revisión y la proyección. Aprovechando este tiempo para pensar en qué tan buenos hemos sido hasta ahora y lo que vamos a hacer para ser mejores que antes. Es importante saber hacer un alto en la vida para reflexionar acerca de nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios y con el prójimo. Todos los días podemos y debemos ser mejores. En Adviento debemos hacer un plan para que no sólo seamos buenos en Adviento sino siempre. Analizar qué es lo que más trabajo nos cuesta y hacer propósitos para evitar caer de nuevo en lo mismo.

                                  

                                                                                                                        

                                                                                                     Manuel Guardia






















Navidad 2017-18

Misa y cena de Navidad en el Seminario con don José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva.



















domingo, 10 de diciembre de 2017

Encuentro de Seminarios del Sur de España 2017/18

Las  diócesis de Granada y Guadix acogen este año el Encuentro de Seminarios del Sur de España
Como cada año, los seminarios de las provincias eclesiásticas de Sevilla y Granada han celebrado el Encuentro de Seminarios del Sur de España. Concretamente, este curso les ha correspondido a las diócesis de Granada y Guadix su organización, siendo los anfitriones los seminarios San Pelagio y Redemptoris Mater de Granada y el seminario san Torcuato de Guadix.
A modo de memoria, me gustaría mostrar, desde el punto de vista de un seminarista, lo que ha significado dicho encuentro. Del mismo modo, quisiera poner de manifiesto los frutos que producen este tipo encuentros en quienes nos sentimos llamados al sacerdocio. En primer lugar, he podido constatar que, como yo, otros muchos han recibido esta vocación, respondiendo al Señor con gran generosidad. Teniendo como fundamento la vocación cristiana, no han buscado su propio interés; y, sintiéndose llamados por Cristo a dejarlo todo, lo han seguido desde el camino particular que es el ministerio sacerdotal. En segundo lugar, he logrado reconocer como nuestra madre, la Iglesia, nos llama a vivir la unidad. Una unidad que no se da en ámbitos cerrados o limitados, sino en el seno de una Iglesia que es católica, universal; que abarca mucho más que una sola diócesis, un solo carisma o movimiento, un solo seminario, etc.
Desde el seminario de Huelva partimos hacia Granada el viernes. Una vez allí, tuvimos un breve acto de bienvenida, en el que, tras exponernos la agenda del Encuentro, los diferentes rectores y formadores fueron presentado sus respectivos seminarios. Además de los seminarios que nos acogieron, se hicieron presentes los seminarios de Málaga, Sevilla, Jaén, Cádiz y Jerez. Tanto Murcia como Córdoba, excusaron su ausencia, dado que, por diferentes motivos, este año les ha sido imposible asistir.
Tras el acto de bienvenida, rezamos las vísperas, encomendadas a nuestro seminario. Presididas por nuestro rector, D. Daniel Valera Hidalgo, celebramos la memoria de san Andrés Dung-Lac y compañeros mártires. Después de la cena, tuvimos ocasión de hacer una visita por el centro de Granada.
Ya, el sábado por la mañana, tras el rezo de laudes, partimos hacia la diócesis de Guadix. Allí, comenzamos dirigiéndonos a su catedral, en la que D. Manuel Amezcua Morillas, canónigo archivero, nos hizo la presentación histórica y artística de la misma. Culminamos la visita con la celebración de la sagrada eucaristía, presidida por D. José Francisco Serrano, vicario general de la diócesis de Guadix y rector del seminario, en ausencia del obispo, D. Ginés García Beltrán, quien había asistido a la consagración episcopal del obispo de Mallorca, D. Sebastián Taltavull.
Concluida la eucaristía compartimos un ágape fraterno en el mismo Guadix. Por la tarde, visitamos las famosas cuevas de Guadix, en las que san Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana, realizara una parte importante de su tarea apostólica, creando escuelas para educar a los niños más desfavorecidos y acercar el auxilio divino a los más pobres.
De regreso, en la ciudad de Granada, realizamos una visita guiada por la Abadía del Sacromonte, donde rezamos las vísperas. Luego, concluimos nuestra jornada participando en la oración vocacional que la diócesis de Granada organiza mensualmente, y que tuvo lugar en la basílica de la Virgen de las Angustias, patrona de Granada. Durante la oración pudimos adorar al Señor en el Santísimo Sacramento, finalizando con el rezo de completas.
El domingo comenzamos nuestra jornada en el Monasterio de la Cartuja de Granada. Allí rezamos el oficio de lecturas y los laudes, ambos presididos por D. Javier Martínez Fernández, arzobispo de Granada. A continuación, dando un paseo hacia el centro de la ciudad, tuvimos la oportunidad de entrar a visitar la Capilla Real, celebrando, a continuación, la Sagrada Misa en la S.I. Catedral. En ella, D. Javier, arzobispo de Granada, nos dirigió unas emotivas palabras en la solemnidad de Cristo Rey del Universo, disfrutando del hermoso canto de una coral jiennense.
Las jornadas concluyeron con un almuerzo fraterno en el seminario San Pelagio de Granada, regresando a tierras onubenses con el encargo de organizar el Encuentro de Seminarios del Sur de España del próximo año.

José María Nieto Cortes
Seminarista de 4º Curso

miércoles, 29 de noviembre de 2017

ANTE TODO… ¡LLAMADA!

          A menudo me pasa que, cuando me piden que hable sobre mi vocación, normalmente comienzo hablando sobre Dios. Y alguno podría sentirse cuestionado sobre esta forma de tratar el tema vocacional. Quizás, muchas veces, hemos incidido tanto en la vocación como elección personal, como proyecto de vida de la persona, que se ha podido difuminar el sentido de esta palabra. Y cuanto más hoy al encontrarnos en una cultura fuertemente individualista que tiende siempre a poner el acento en el «yo» como fuerza motora de todo.

            La palabra vocación viene del latín «vocatio» que significa llamada. Es por eso, que este término encaja bien con aquello que los cristianos de todos los tiempos han llamada la «vocación cristiana». Y es que esta última no es más que la llamada que hace Dios a cada persona a vivir en comunión con Él. Imagina que recibes por teléfono la llamada de un personaje importante al que admiras mucho. ¿Qué harías? ¿Qué sentirías cuando te dieras cuenta de con quién hablas? Sin duda, te parecería increíble, pero te darías cuenta de que es real. ¿Qué ocurriría si el que llama a tu vida es Dios? Sin duda, parecería más increíble aún. ¿Y si te digo que Dios llama cada día a tu vida para que vivas en el amor?

            
            Sí, ¡Dios te llama a vivir en comunión con Él!. Dios quiere que todos «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). La prueba de ello está en que Dios se hizo uno de nosotros, «se hizo carne» (Jn 1, 14), murió y resucitó para que podamos ser «hijos de Dios» (1 Jn 3, 1). ¡Pero vaya «suerte» tiene el ser humano: Dios lo llama a ser su hijo! Y a Dios no le bastó con querer que seamos hijos suyos, sino que, precisamente, por ser hijos suyos, quiere que cada uno de nosotros viva ese gozo de participar de su amor de una forma concreta. Es la llamada a la «vocación de vida». Y es aquí donde se sitúa la llamada al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio: llamada a vivir el ser hijo de Dios de una forma concreta porque cada uno de nosotros es único e irrepetible. Y Él mismo nos da incluso la fuerza (¡su gracia!) para responder libremente a esa llamada. Porque, ¿quién puede responder a la llamada de Alguien que es infinitamente mayor que uno mismo si Este no le ayuda? ¡Vaya locura de amor la de Dios!



            En mi caso, a través de los diferentes acontecimientos de la vida, del trato frecuente con el Señor en la Eucaristía, de la escucha de su Palabra, de personas que se han cruzado en mi camino… he podido escuchar la llamada de Dios al sacerdocio. Sí, esa es la llamada que Dios me ha hecho para vivir concretamente el ser su hijo. Visto así, ahora sí que puedo hablar de mi vocación, de respuesta, de proyecto de vida de mi persona, en tanto y cuanto es Dios el que me ha llamado, el que me ha dado su fuerza para responder y el que me sostiene cada día para seguir respondiendo cada día a la llamada a ser sacerdote.


                                                                                  Juan José Feria Toscano.
                                                                                     Seminarista de 3º curso.